XXX Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A «Amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo»
Actualizado: hace 3 días
Parroquia Nuestra Señora de la AltagraciaVilla Prades, San Juan, Puerto Rico
Lecturas bíblicas: Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40.
Introducción
El amor a Dios y al prójimo es el corazón de nuestra vida cristiana.
La Palabra de Dios de este domingo nos invita a reflexionar sobre lo esencial de nuestra fe: amar a Dios con todo nuestro corazón y manifestar ese amor en nuestra relación con los demás.
Jesús nos recuerda que no podemos separar el amor a Dios del amor al prójimo. Ambos constituyen el fundamento de toda la Ley y los Profetas.
Las lecturas nos enseñan que la verdadera fe se manifiesta en la compasión, la justicia, la solidaridad y el servicio, especialmente hacia quienes más necesitan de nuestra ayuda.
Primera lectura
Lectura del libro del Éxodo 22, 20-26
«Si explotáis a viudas y a huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros».
Esto dice el Señor:
«No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.
No explotarás a viudas ni a huérfanos. Si los explotas y gritan a mí, yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira y os mataré a espada; vuestras mujeres quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos.
Si prestas dinero a alguien de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses.
Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Salmo 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador. Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu ungido.
R/. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10
«Os convertisteis, abandonando los ídolos, para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo».
Hermanos:
Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la Palabra en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya.
No solo ha resonado la palabra del Señor en Macedonia y en Acaya desde vuestra comunidad, sino que además vuestra fe en Dios se ha difundido por doquier, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la visita que os hicimos: cómo os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.
Palabra de Dios.
Santo Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 34-40
«Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo».
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».
Palabra del Señor.
Reflexión dominical
El amor que profesamos a Dios debe hacerse visible en nuestra vida
Las lecturas de este domingo nos presentan una enseñanza fundamental: no podemos decir que amamos a Dios si somos indiferentes ante las necesidades y el sufrimiento de nuestros hermanos.
En la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, Dios recuerda al pueblo de Israel su propia experiencia de sufrimiento en Egipto. Ellos fueron extranjeros, conocieron la opresión y experimentaron la misericordia liberadora de Dios.
Por eso, el Señor les pide que no maltraten al emigrante, que protejan a las viudas y a los huérfanos, y que no se aprovechen de los pobres.
Hay una expresión especialmente hermosa: «Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».
Dios escucha el clamor de quienes sufren. Su amor no es indiferente al dolor humano.
En el Evangelio, un doctor de la Ley pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante.
Jesús responde uniendo dos enseñanzas del Antiguo Testamento: amar a Dios con todo el corazón, como enseña el Deuteronomio (Dt 6,5), y amar al prójimo como a uno mismo, como establece el Levítico (Lv 19,18).
Con esta respuesta, Jesús nos revela que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.
No basta con participar en la Santa Misa, rezar o cumplir nuestras prácticas religiosas si después somos incapaces de perdonar, escuchar, comprender y ayudar a los demás.
Nuestra relación con Dios debe transformar nuestra manera de relacionarnos con las personas.
El prójimo no es solamente quien nos resulta agradable o cercano. También es el enfermo, el anciano que vive solo, el inmigrante, la familia que atraviesa dificultades económicas, el joven que necesita orientación y aquella persona con quien nos cuesta reconciliarnos.
Por su parte, san Pablo nos presenta el ejemplo de los cristianos de Tesalónica. Ellos acogieron la Palabra de Dios en medio de las dificultades y se convirtieron en testigos del Evangelio.
Su fe no quedó encerrada en palabras: se transformó en una manera nueva de vivir.
Esta es también nuestra misión como comunidad parroquial: que nuestra fe se haga visible en el amor, la solidaridad y el servicio a los demás.
Que quienes se acerquen a nuestra parroquia puedan encontrar una comunidad que escucha, acompaña, acoge y hace presente el amor misericordioso de Jesucristo.
Porque el verdadero amor cristiano no se limita a decir: «Señor, yo te amo», sino que se expresa también en nuestras acciones cotidianas.
Amar a Dios es abrirle nuestro corazón; amar al prójimo es permitir que ese amor llegue a los demás a través de nosotros.
Preguntas para nuestra reflexión personal y familiar
¿Quiénes son hoy las personas más vulnerables de nuestra comunidad? ¿Qué estoy haciendo para ayudarlas?
¿Se manifiesta mi amor a Dios en la manera en que trato a mi familia, mis vecinos y las personas que encuentro cada día?
¿Qué ídolos, actitudes o apegos necesito abandonar para amar y servir verdaderamente al Señor?
¿Qué gesto concreto de amor puedo realizar esta semana por alguien que lo necesite?
Oración final
Señor Jesús, tú nos has enseñado que el amor es el fundamento de nuestra vida cristiana.
Ayúdanos a amarte con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente.
Danos un corazón sensible ante el sufrimiento de nuestros hermanos, especialmente de los pobres, los enfermos, los ancianos y quienes viven en soledad.
Que nuestra comunidad parroquial sea siempre un lugar de acogida, misericordia, fraternidad y esperanza.
Enséñanos a reconocerte en el rostro de cada hermano y a demostrar con nuestras obras el amor que profesamos con nuestros labios.
Amén.
Parroquia Nuestra Señora de la AltagraciaVilla Prades, San Juan, Puerto Rico
Una comunidad de fe, amor y servicio.
Reflexión pastoral elaborada a partir del comentario bíblico de Álvaro Pereira.
Sitio web: https://altagraciavillaprades.org
